MI ABUELA Y SU INFANCIA
Hoy quiero compartir una historia muy personal, un testimonio directo, a través de los ojos de mi abuela, nacida en 1935, viajaremos a una infancia en Ciudad Real.
Mi abuela nació en plena Guerra Civil, por lo que sus primeros recuerdos son de los duros años de la posguerra. Se crió con sus abuelos, que eran carpinteros, y sus tías, que cosían para las familias ricas del pueblo. Aunque no eran adinerados, ella recuerda con gratitud que en su casa nunca faltó la comida y comían todos juntos de un mismo caldero
Su paso por la escuela fue breve. Aprendió lo justo para saber leer y a escribir. Su maestra, Doña Paula, mantenía la disciplina estricta, si hacían algo mal, les daba con la mano con una regla. Esto no le gustaba a mi abuela, por ello, me cuenta que “hacía novillos”. La merienda a la salida del colegio era sencilla: una “catá” de pan con aceite y azúcar, y el domingo, como premio, una onza de chocolate.
En una época sin móviles ni televisión, la vida se hacía en la calle, jugando con otros niños a la comba, al escondite o al pídola. Los juguetes se fabricaban, con trapos y mucha creatividad.
Una anécdota fascinante es como en Miguelturra, pueblo de mi abuela, nunca se dejaron de celebrar los carnavales, a pesar de las prohibiciones durante la dictadura franquista. Mi abuela recuerda haberse disfrazado y haber tenido que correr para que la Guardia Civil no la pillaran.
A los doce años, mi abuela se puso a trabajar en el campo en la recogida de la uva y de la aceituna para ayudar económicamente a su familia. A los dieciocho años dejó su pueblo y se trasladó a Madrid. Ella tiene un recuerdo muy feliz de su infancia, que con 90 años sigue recordando y narrando.
La infancia en la posguerra:
La historia de mi abuela es el reflejo de una generación. La posguerra española fue un periodo de miseria económica y aislamiento. El hambre era una realidad para muchas familias, que dependían de las cartillas de racionamiento. En este contexto, el hecho de que en casa de mi abuela "nunca faltó comida" era una excepción afortunada.
La educación estaba controlada, con una disciplina severa, como ejemplifica el castigo de la regla de Doña Paula. Además, el trabajo infantil era una necesidad económica, lo que explica que mi abuela dejara la escuela a los doce años para ir al campo. Culturalmente, el régimen prohibió tradiciones como los carnavales, por lo que celebrarlos a escondidas era un acto de resistencia cultural para mantener viva la identidad local. La calle se convirtió en el principal espacio de socialización, donde el ingenio sustituía a la falta de recursos, fundamentales para conseguir una infancia feliz.


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