DEL AULA FRANQUISTA AL AULA DE HOY
Tras haber pasado el 20N, y en los medios cada vez se escucha más que los jóvenes piensan que se vivía mejor en la dictadura que hoy en día, y por ello, he querido investigar y reflexionar sobre las diferencias entre un aula en la época de la dictadura franquista, y un aula de hoy en día. Como futuros docentes debemos tener muy en cuenta que la educación siempre ha sido un reflejo de la sociedad, un espacio donde se expresan valores, intereses y formas de entender el mundo.
Durante la dictadura, la educación estaba fuertemente controlada por el Estado y profundamente marcada por la ideología del régimen. La escuela se concebía como una herramienta de adoctrinamiento donde se exaltaba la figura del dictador, la unidad nacional y la obediencia. La Iglesia católica desempeñaba un papel central, no solo gestionando numerosos centros educativos, sino también influyendo directamente en los contenidos, valores y normas. Existía además una clara desigualdad de género: niños y niñas no recibían la misma formación. Mientras que a ellas se les enseñaban tareas domésticas y roles vinculados al hogar, ellos aprendían contenidos orientados al ámbito profesional. A todo esto se sumaba una elevada tasa de analfabetismo, especialmente en zonas rurales donde el acceso a la educación era limitado, y la ausencia de participación democrática, ya que ni docentes ni familias tenían voz en las decisiones escolares.
Con la llegada de la democracia, el sistema educativo experimentó transformaciones profundas. La educación pasó a orientarse hacia el desarrollo del pensamiento crítico, la libertad ideológica y la construcción de una ciudadanía democrática. Se garantizó el acceso universal y obligatorio a la escuela hasta los 16 años, se impulsó la coeducación y se eliminaron las diferencias de currículos según el género. La formación del profesorado se profesionalizó, se apostó por metodologías basadas en la evidencia científica. Además, se comenzó a atender la diversidad del alumnado. Las familias y los docentes ganaron espacios de participación a través de los consejos escolares, reflejando un modelo más abierto y plural.
A pesar de los avances, algunos retos actuales arrastran el sistema educativo del pasado. Hoy existe una mayor igualdad de oportunidades, más variedad de metodologías y una mayor protección de los derechos del alumnado, pero persisten desigualdades relacionadas con el origen socioeconómico y diferencias territoriales que afectan a los recursos y los resultados escolares. Además, la inestabilidad legislativa se ha convertido en un problema recurrente: las sucesivas reformas educativas generan incertidumbre y dificultan la continuidad de proyectos a largo plazo. La educación sigue siendo un terreno de debate político, especialmente, teniendo en cuenta, los contenidos curriculares o el papel de la asignatura de Religión.
Mirar al pasado es una herramienta para entender la importancia de preservar y mejorar lo que se ha logrado. Hoy disponemos de un sistema educativo más democrático, inclusivo y diverso, pero todavía queda trabajo por hacer para garantizar una educación verdaderamente equitativa, estable y de calidad.
Como profesora, siento la responsabilidad de no olvidar de dónde venimos y de transmitir a mi alumnado el valor de la educación como herramienta de libertad. Las aulas franquistas fueron espacios de silencio, de obediencia y de limitación; las nuestras, aunque imperfectas, tienen la oportunidad de ser espacios de diálogo, pensamiento crítico y participación. Mi compromiso, como docente de hoy, es seguir defendiendo una educación que forme ciudadanos libres, informados y capaces de cuestionar, para que nunca confundamos el control con el bienestar ni la falta de derechos con estabilidad. El futuro de la educación depende de que sepamos aprender del pasado y actuar con responsabilidad en el presente.

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