LA MEMORIA PERMANECE ENTRE MONTAÑAS.

 A los pies de la Sierra de Guadarrama, Los Molinos conserva el encanto de los pueblos madrileños: calles tranquilas, aire puro y vistas a montes que fueron testigos, hace menos de un siglo, de uno de los episodios más duros de nuestra historia, la Guerra Civil Española. 

Entre 1936 y 1939, este pequeño municipio adquirió una importancia estratégica por su localización en el valle del Guadarrama, entre el Alto del León y Navacerrada. Su ubicación lo convirtió en un punto clave dentro del frente de la sierra, ya que era el paso natural hacia el puerto de Guadarrama y la Fuenfría de las tropas sublevadas al mando del General Francisco Franco. Los Molinos quedó bajo control republicano y, por su posición expuesta, pasó a ser frente de guerra desde los primeros meses del conflicto.

La presencia militar y la amenaza constante obligaron a la evacuación de buena parte de la población civil hacia localidades cercanas como Navacerrada o Moralzarzal. Los vecinos que permanecieron convivieron con el desabastecimiento y la incertidumbre, intentando mantener cierta normalidad en medio del caos. El Archivo Histórico Municipal conserva testimonios valiosos de aquella época: solicitudes de vecinos que pedían permisos para abrir pequeños negocios en el pueblo y en los alrededores de la estación del tren durante los meses previos al estallido de la guerra, así como registros de las aportaciones de los habitantes al esfuerzo republicano. En 1937, por ejemplo, Dña. Mercedes Toribio, maestra del municipio, entregó tres colchones y cinco mantas al ejército, un gesto que refleja la implicación y el sacrificio de la población local en tiempos difíciles.

El frente se consolidó pronto en esta zona de la sierra, con posiciones que se extendían desde Guadarrama y avanzaban paralelas al Alto de los Leones y La Peñota hasta llegar a Los Molinos. En este sector se levantaron fortines, trincheras y refugios subterráneos, y aún hoy se conservan varios fortines republicanos en muy buen estado de conservación. Construidos con piedra local y hormigón, se integraron en el paisaje aprovechando el relieve y la roca granítica para camuflar las posiciones. Formaban parte de una red de defensa que unía distintos puntos estratégicos de la Sierra de Guadarrama con el objetivo de frenar el avance de las tropas franquistas hacia Madrid.

La vida cotidiana en Los Molinos durante la guerra fue dura y marcada por la tensión constante. Las calles se vaciaron, el sonido del tren se mezclaba con el eco lejano de los cañones, y la presencia de soldados alteró por completo la rutina del pueblo. Muchos edificios se destinaron a uso militar y las familias que permanecieron tuvieron que adaptarse a la escasez y al miedo. Aunque en el terreno municipal no se produjeron grandes combates, el frente estaba lo suficientemente cerca como para que la tensión se sintiera a diario.

Cuando la guerra terminó en 1939, Los Molinos, como tantos otros pueblos de la sierra, quedó marcado por el silencio y la necesidad de reconstrucción. Los años de la posguerra se dedicaron a rehacer lo destruido y devolver la vida al pueblo. Las fortificaciones quedaron abandonadas, cubiertas por la vegetación o aprovechadas por pastores y vecinos para otros usos. Durante décadas, las huellas del conflicto permanecieron casi olvidadas, hasta que el interés histórico y patrimonial las rescató del tiempo. Hoy, los restos de aquellos fortines, búnkeres y trincheras son parte del legado histórico del municipio y un testimonio de su papel en la defensa de Madrid.

Caminar hoy por los alrededores de Los Molinos es hacerlo sobre un terreno cargado de memoria. La naturaleza ha ido borrando poco a poco las cicatrices del pasado, pero no del todo. Las piedras que sirvieron de protección y los muros de hormigón que protegieron a los soldados siguen ahí, integrados en el monte, como recordatorio de que la historia no se borra, solo se transforma. Los Molinos es hoy un pueblo en paz, lleno de vida y de visitantes que buscan descanso, pero su pasado bélico sigue presente en su memoria colectiva. Conservarlo y contarlo no es mirar atrás con nostalgia, sino hacerlo con respeto y conciencia. Comprender lo que ocurrió en estas montañas ayuda a valorar aún más la tranquilidad y la libertad que hoy se respiran en sus calles.


Laura Illana.


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