DE GALICIA A ARGENTINA Y VUELTA
Juan, mi abuelo, nació en 1936 en un pequeño pueblo de Ourense, en Galicia, llamado Portomourisco.
Es una pequeña aldea del concello de Petín escondida entre viñedos, con vistas al valle y al cruce del río Xares. Allí, entre el puente de piedra del siglo XVIII, una ermita y la iglesia de San Víctor, creció rodeado de naturaleza con muchas historias que compartir que llenaron nuestras tardes de verano.
Su madre falleció cuando tenía 16 años, quedando huérfano de madre. Fue hijo único, pero eso no le impidió crear un estrecho vínculo con sus primos. Siempre decía que nunca se sintió solo. Cuando nos hablaba de su infancia, los ojos se le iluminaban. Para él, Portomourisco no era únicamente un lugar; era un sentimiento. Un trozo de vida al que siempre quiso llevarnos para mostrarnos “a súa esencia”.
La España en la que vivía no era fácil. Tras la guerra civil el país quedó sumido en la dictadura franquista. La década de 1940 y principios de los años 50 fueron duros, nuestro país experimentó un aislamiento internacional, pobreza, cartillas de racionamiento, falta de oportunidades y una ambiente social y político represivo. Galicia, especialmente en las zonas rurales, sufría una economía de subsistencia. A pesar de ser un pueblo rodeado de tierras los recursos eran escasos y el futuro parecía cada vez más difícil.
Ante esta situación el padre de mi abuelo, Jesús, tomó la decisión de cambiar su vida para siempre partiendo a Argentina. Mi abuelo, con 19 años, se fue con él. Dejó atrás sus montes y a su familia. Durante su estancia en Argentina continuó en contacto con la familia que dejaba allí, entre ellas su novia Blanca; nunca se olvidó de ninguno de ellos y prometió volver. Emprendió un viaje que a su vez era una aventura saltando a lo desconocido. Al igual que muchos jóvenes de su generación partió con miedo e ilusión de poder ganar dinero para volver a su tierra y formar una familia.
Estas emigraciones ocurrieron en muchas familias gallegas de la época, buscaban escapar de la miseria rural y de la presión política. Tenían la esperanza de encontrar un futuro más prometedor al otro lado del océano. Marcharon en barco, era frecuente que los gallegos zarparan desde los puertos de Vigo y A Coruña. Argentina en esos años era un destino habitual para miles de españoles, un país que abrió sus puertas y ofreció oportunidades laborales reales en un momento en el que España apenas tenía para sobrevivir.
Con los años mi abuelo consiguió volver a Galicia, su padre se quedó en Argentina donde muchos años después falleció. La decisión de mi abuelo de volver a su país fue por su novia Blanca con quien se casó y formó una familia de 7 hijos. Fue taxista en Madrid y fue muy feliz. Nunca perdió las costumbres de su “terra”. Nos enseñó gallego a sus hijos y a sus nietos, narró su infancia con pleno detalle y nos llevó a pasear por las entrañas de Portomourisco. Siempre mostraba la nostalgia y el orgullo de haber nacido en un rincón de Galicia, de haber cruzado el océano y de haber podido volver a lo que fue y será siempre su casa.
Hoy, al recordar su historia, entiendo que forma parte de algo mucho más grande: la historia de miles de gallegos y españoles que, entre los años 40 y 60, dejaron su tierra en busca de oportunidades, arrastrados por la miseria económica y el peso de la dictadura. La migración de mi abuelo y mi bisabuelo no fue solo un viaje físico. Fueron, como todas las grandes decisiones, un acto de valentía.

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