LLAMADAS A OTRAS PUERTAS

Tras leer la entrada de blog escrita por Laura: De Galicia a Argentina y vuelta, he reflexionado sobre como algunas personas han olvidado que hace unos años, no muchos, éramos nosotros quienes huíamos de este país, buscando nuevas oportunidades. 

Hablar de inmigración en la España actual suele generar debates intensos, opiniones encontradas y, en ocasiones, miradas cargadas de prejuicios. Sin embargo, para comprender realmente el fenómeno migratorio, es necesario mirar atrás y recordar una parte fundamental de nuestra propia historia: hubo un tiempo en el que los que se iban éramos nosotros, como el abuelo de Laura. 

Durante la Guerra Civil española y la dictadura franquista, miles de españoles se vieron obligados a abandonar su país. La represión política, la pobreza, el hambre y la falta de oportunidades empujaron a familias enteras a buscar una vida mejor lejos de su tierra. América del Sur se convirtió entonces en un refugio y una esperanza.

Países como Argentina, México, Venezuela, Chile o Uruguay acogieron a exiliados políticos, intelectuales, trabajadores y campesinos. Muchos de ellos llegaron sin apenas recursos, con una maleta cargada de miedo, nostalgia y esperanza. Allí trabajaron duro, reconstruyeron sus vidas y contribuyeron activamente al desarrollo de las sociedades que los recibieron. Fueron inmigrantes. Fueron “los otros”. 

Conocemos grandes nombres como Rafael Alberti, María Zambrano, Francisco Ayala... que huyeron de España, pero las cifras nos dicen que más de medio millón de españoles se fueron del país por la Guerra Civil y la dictadura que se estableció. 

Hoy, varias décadas después, la situación parece haberse invertido. España se ha convertido en un país receptor de inmigración, y muchas de las personas que llegan proceden precisamente de esos mismos países de América Latina. Huyen de crisis económicas, violencia, inestabilidad política o falta de expectativas. Buscan, como hicieron los españoles en el pasado, seguridad, trabajo y un futuro digno.

La historia se repite, aunque cambien los protagonistas. Sin embargo, la memoria colectiva a veces falla. Olvidamos que nuestros abuelos y bisabuelos también fueron mirados con recelo, que tuvieron acento extranjero, que aceptaron trabajos precarios y que dependieron de la solidaridad de otros pueblos.

Recordar este pasado migratorio no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia y empatía. Nos ayuda a entender que la migración no es una amenaza, sino una realidad humana constante. Que nadie abandona su país por capricho. Que detrás de cada persona migrante hay una historia, una familia y un sueño.

España no solo fue tierra de salida; hoy es tierra de llegada. Y quizá la pregunta no debería ser por qué vienen, sino qué tipo de sociedad queremos ser con quienes llegan. Una que olvida su historia o una que aprende de ella.

Porque, al final, no hace tanto tiempo, fuimos nosotros los que llamamos a otras puertas.

Julia Núñez. 




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